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Vicisitudes de la Salud Mental luego del apocalipsis macrista

Actualmente, la ley de Salud Mental y Adicciones, militada y empujada como un proyecto genuino de cambio y mejora en la calidad de vida de todas aquellas personas que sufrimos padecimientos subjetivos, en más de una ocasión, es lamentablemente letra muerta.

Promulgada en el año 2010, promueve tratamientos lo más breves posibles, en un marco de respeto por los derechos humanos, en consonancia con legislaciones y tratados internacionales tales como la Declaración de Caracas de la Organización Panamericana de la Salud y de la Organización Mundial de la Salud para la reestructuración de la atención psiquiátrica (1990), entre otros antecedentes.

¿Qué se intenta con esta ley? Que los tratamientos sean realizados en un marco de respeto y apego a los derechos humanos. Que se promueva la atención en salud mental por equipos interdisciplinarios, en los que ninguna disciplina se encuentre por encima y con mayor poder que las otras. Ni siquiera la psiquiatría. Que se intente por todos los medios posibles fomentar y restituir la inclusión social y los lazos afectivos por encima de cualquier tipo de exclusión e internación de larga duración, en las que a la patología de base se suma una patología institucional, cronificándola. Asimismo, se intenta que el tratamiento sea en un lugar lo más cercano posible al domicilio del paciente, entre otros derechos básicos.

En principio, nadie podría estar en desacuerdo. Ah sí! Están en desacuerdo algunos jueces, las asociaciones de psiquiatras vieja escuela, los laboratorios farmacológicos (uno de los cinco negocios que más dinero manejan en el mundo) y todo el gorilaje que se opone a todo aquello que tenga olor a derechos adquiridos (salvo cuando cobran el aguinaldo, desde ya. Meritócrata pero no estúpido).

El gobierno socialista provincial en Santa Fe y municipal en Rosario, tuvieron como uno de sus caballitos de batalla en sus primeros años de gobierno, el cambio en el sistema de salud y de asistencia. Descentralización, multiplicación de los centros de salud y centros asistenciales en territorio, recursos humanos y económicos, etc. En los últimos años sin embargo, acompañado del peor gobierno nacional de la historia de la democracia, pero también por errores y falencias propias, dicho sistema empezó a resquebrajarse, a mostrar grietas y problemáticas que padecen los que padecen siempre.

Probablemente el gobierno de Alberto Fernández sea históricamente al que más se le ha exigido, sobre todo teniendo en cuenta que aun no comenzó. Tendría que rendir cuentas por lo que todavía no hizo. Que lento sos Alberto! Y una de las cuestiones primordiales que le exigimos amorosamente es que se implemente la ley de salud mental, que no haya más internaciones innecesarias ni padecimientos agravados por la institucionalización.

En el estado de cosas actual, el manicomio responde a una serie indefinida e ilimitada de demandas. El manicomio tapa todos los agujeros. Para un grupo cada vez más amplio de ciudadanos no hay proyectos habitacionales, no hay inclusión ni sostén familiar ni barrial, no hay inclusión en el sistema educativo ni en el mercado laboral formal, no hay solidaridad genuina, no hay recursos suficientes, ni voluntades, para el sostenimiento de muchos de los tratamientos ambulatorios que podrían ser cursados para evitar una internación psiquiátrica. No hay garantías constitucionales para tanto no hay. Entonces, lo que sí hay es un monstruo llamado manicomio, un lugar que aloja lo que venga: la mayoría de los casos que no logran una rápida externación se deben a la falta de condiciones y recursos externos al hospital, que termina oficiando de único lugar de alojamiento para padecimientos que exceden el ámbito de la salud.

No te hagas el boludo Alejandro, el manicomio también sos vos. Porque cuando las papas queman, se deriva al psiquiátrico y chau picho.

Ten piedad no seas así.

No les des patadas a los locos.

Adela en el carrusel. Charly García

Mientras tanto, los trabajadores que sostienen las prácticas en salud dignamente (también hay de los otros) dentro de los hospitales monovalentes tienen dos objetivos específicos, que en ocasiones son antagónicos: luchar por el cierre y reacondicionamiento de las instituciones psiquiátricas y, por otro lado, hacer que el infierno sea habitable.

Nota mental: la dignidad no se puede postergar un día más.

El manicomio invisibiliza la problemática social en salud mental. No alcanza por eso mismo con humanizarlo, ni con las buenas intenciones. La lógica manicomial es arrasante, y las prácticas de derechos quedan condicionadas y aisladas.

Todo esto está conformado mediante un sistema recursivo: hay cambiar el sistema que produce a los sujetos que sostienen el sistema que los produce. Ya lo dijo Perogrullo: Mientras el manicomio exista, el manicomio va a existir. Entonces, para cambiar algo en salud de manera sostenida y profunda hay que cambiar algo más que el sistema de salud. Donde neoliberalismo era, proyecto Nacional y Popular debe advenir.

¿Se puede vivir sin manicomios? Experiencias hay de todo tipo, en muchos lugares del mundo. Desde algunas provincias de nuestro país que no cuentan con este tipo de hospitales (San Luis, Formosa, Rio Negro), hasta experiencias señeras como la de Trieste en Italia con Franco Basaglia, entre otras tantas. En algún momento en Babilonia (léase Estados Unidos) cerraron los manicomios, desasistiendo y dejando en la calle a todos los pacientes. No era por ahí Rick…

La idea es poder contar con lugares de tratamiento más amables, en los que de ser necesaria una internación no sea el último paso en la exclusión de una persona del tejido social. Protegiendo además los puestos de trabajo, reconfigurando quizás algunas funciones, creando nuevos dispositivos (viviendas asistidas, centros territoriales, centros de día, proyectos productivos no ficticios, acompañamientos terapéuticos, sistemas de apoyo, asistencia de calidad en salud mental en cárceles, etc.). Para desmanicomializar hace falta trabajo. Además, los muros a derribar son tan duros como los prejuicios que los sostienen.

Una de las tareas más difíciles en este sentido es que las instituciones privadas y empresas (que es lo que muchas veces son) no busquen el rodeo legal para seguir construyendo hogares, geriátricos y psicogeriátricos, casas de descanso, etc. en las que se sigan realizando internaciones devastadoras para la subjetividad, sorteando las prácticas que se puedan efectuar desde las instituciones estatales.

Empecemos por el principio. Antes de pensar en la reorganización de los manicomios necesitamos un Ministerio de Salud. Teníamos, pero pasaron cosas. Dale Alberto, estás dormido!

Ya lo decía Lacan: la verdad pica…

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