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Ritual chamamecero por el Día de la Independencia

El viernes 10, celebrando 204 años del grito de independencia, un grupo de músicos se reúnen en Rosario para compartir un recorrido por el chamamé. El encuentro podrá verse vía streaming.

La escenografía es sencilla. Un aula de una escuela pública a comienzo de la década del 90. El espacio es igual a todos los salones del edificio, con una diferencia: un piano. Entre esas cuatro paredes se da la clase de música. La maestra entra, se sienta en el piano, y automáticamente la vibración del sonido en vivo transforma la vida del pequeño Homero Chiavarino.

Esa escena de la vida real ocurre en Paso de los Libres, ciudad de la provincia de Corrientes con espíritu chamamecero. Homero nació en Santa Fe, pero rápidamente su familia se mudó. No tenía antecedentes familiares directos con la música, pero desde muy chico insistió para que le compraran una guitarra. Así fue hasta que su padre y él caminaban por la ciudad y pasaron por una casa de electrodomésticos. En la vidriera había una licuadora y una guitarra. “Quiero la guitarra”, dijo Homero. Y así tuvo su primer instrumento.

El chamamé estaba en todos lados. Sus amigos tocaban chamamé, porque muchas familias estaban ligadas al género. Era verlo en las casas, escucharlo en las casas, en los ensayos de los padres de sus amigos. “Y nosotros de pibe flasheando con eso”, recuerda Homero. “Nos gustaba la música y era como una entrada directa. Eso era una invitación totalmente abierta a que empecemos a explorar”.

En Paso de los Libres, si querías tocar la guitarra tenías que ir a la casa del Loco Pisa. Además, el abuelo de Homero era su amigo. Y casualmente, hermano de la maestra que tocó el piano y volvió loco al Homero pequeño. Así que empezó a tomar clases, dos veces por semana, los martes y los jueves a las siete de la tarde. Se divertía y esperaba que pasaran los días para volver. Sin embargo le pasaba algo raro, casi sobre natural.

Homero lo recuerda así: “Fue raro también lo que me pasó, porque había cosas que de algún modo yo sentía que las había transitado. No era una cosa totalmente nueva, aprendí rápido. A los seis meses de empezar a tocar, ya estaba tocando con un conjunto. Fue muy natural, muy fluido, con muy pocos recursos ya podíamos hacer que suene. No sé a qué se lo adjudico. Hay cosas que, si te pones más romántico, podemos decir que de algún modo venimos prediseñados para algunas cosas, o que algunas cosas nos van a salir más fáciles que otras. Tengo recuerdos de muy pibe de haber tenido contacto con la música sin haber incursionado en ningún instrumento, en el preescolar y jardín de infantes”.

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Sigue el periplo por el litoral. Los padres de Homero se separaron, “y con mi vieja nos fuimos a vivir a Santa Fe otra vez”. En la escuela Sargento Cabral tuvo otra maestra de música que lo marcó, “una vieja re copada”, según la descripción actual de Homero. Esa vieja re copada iba con la guitarra al aula, se sentaba delante de los alumnos y tocaba y cantaba. “Eso me volvía loco”, repite emocionado. Otra vez la vibración del vivo, con una maestra, en una escuela. Una guitarra, en lugar del piano iniciático. Y empezó a cantar en los actos del colegio. “La primera vez que canté en un acto, canté Uno, no entendía nada de lo que decía. Rarísimo, y rarísima la maestra que se copaba con eso”, repasa.

Con el acordeón a cuestas, la ruta hacia el sur lo depositó en Rosario. Llegó hace 17 años para estudiar composición, instrumentación y análisis de música. Entiende que en la música, los caminos de la oreja y la teoría deben estar parejos. Leer y sentir la música. Aunque, confiesa, que “la parte formal no hace falta para hacer música popular”.

Lo aclara así: “en Corrientes hay muchos acordeonistas que no saben leer o escribir y la música les pasa por otro lado, es mucho más orgánica. Tiene que ver con querer expresar algo, con expresar sentimiento. No tiene que ver con sentarse a estudiar algo e interpretarlo conscientemente. Todo lo contrario. Y eso es muy difícil de adquirir. Por ahí vienen colegas de Buenos Aires que tiene otro camino con el instrumento, qué se yo, vienen de estudiar de la escuela de música de Avellaneda como primera incursión en la música. Y entonces cuando ven a un viejo todo doblado, que trabajó en el campo toda la vida, mano curtida, dedos grandes. Lo ven pulsando el instrumento y no lo pueden creer. Y no se le pueden equiparar jamás a ese viejo, porque hay todo un recorrido que no se puede aprender”.

-¿Hay un patrón en las letras del chamamé?

-Hay mucha nostalgia campera, añoranza de pueblo. El chamamé se compuso mucho en la década del 40, 50 y 60. Era justo el momento en el que los provincianos se estaban yendo de sus provincias para ir a laburar a la ciudad. Entonces han escrito muchos desterrados. Tal vez se iban del Chaco, Formosa o Corrientes a Buenos Aires y Rosario y por treinta años no volvían. Además vivían en las orillas, en los márgenes y sin un cobre. Entonces componían desde la lejanía y añoranza del pueblo. El desarraigo ha sido un motor indiscutido.

-¿El chamamé es triste o alegre?

-En un principio es triste. Hay uno que se llama “El Cangui”, que quiere decir el triste. Es uno de los primeros chamamé que existe, es un chamamé instrumental. Tránsito Cocomarola lo tenía como estandarte. No más que “Kilómetro once”, que se transformó en un himno porque cumple con todos esos requisitos. “El Cangui” no es representativo, pero dice mucho. Significa el triste. Uno piensa que es alegre el chamamé, pero si escuchas lo que dice, no es muy alegre. Alguien solo en el medio del monte, arando. O llevando en un carro sandías y en esos ratitos que no tenía que laburar -porque laburaban de sol a sol-, pulsaba su verdulerita debajo de un alero y componía un tema. Después sí se ha usado para todo, pero en un principio es triste. Un dolor, una locura.

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Homero relata que hace alrededor de veinte años que el chamamé se expande por el mundo. Dice que la Fiesta Nacional del chamamé que se hace en Corrientes todos los años junta durante diez noches entre diez mil y quince mil personas por día, uno de los motivos que tiene es el Mercosur. El sur de Brasil es chamamecero, de hecho, hay grandes exponentes chamameceros entre los gauchos brasileños. Casualmente, Paso de los Libres limita con esa zona. “De algún modo, tiene el mismo paisaje, los mismos caballos y plantan las mismas cosas que de este lado”, reflexiona. También la expansión masiva del chamamé abarca el norte de Uruguay y Paraguay. Menciona a Isaco Abitbol, Ernesto Montiel y Raúl Barboza, como algunos de los exponentes que abrieron las puertas en Buenos Aires. Pero siempre, destaca a Rosario.

-¿Por qué viniste a Rosario?

-Rosario es muy chamamecero, es de cuna chamamecera. Podemos hacer un streaming de chamamé como si fuera moneda corriente, porque es moneda corriente. Ha pasado mucho por acá, se ha compuesto mucho acá. Tarragó Ros fue líder en ventas y él estaba instalado acá, en Saladillo. Gran parte de la historia del chamamé es Tarragó Ros y gran parte de su historia la curtió acá. Y viene porque estaba Ramón Merlo, que abrió la jugada y puso un boliche donde podía reunirse toda esa gente que andaba como bola sin manija buscando un poco de su música, sonido, comida, gente y su baile.

Se refiere claro, al mítico rancho de Ramón Merlo. Desde allí hasta hoy pasó de todo. Al punto de que la escena actual del chamamé es muy intensa y presenta exponentes contemporáneos todo el tiempo. Vicky Durand Mansilla -cantora de Chajarí-, Sebastián González -guitarrista-, Tony Marquez -acordeonista de Federal-, Gabriel Coronel -contrabajista de cuna chamamecera- y Homero son parte de esa camada y juntos compartirán un recorrido por el chamamé.

El recital es gratis, pero con una entrada virtual a colaboración. “Esta es la única forma que hoy encontramos de poder seguir trabajando y de reunirnos, aunque sea de manera virtual, con ustedes. Por eso esperamos que quienes puedan, colaboren con su entrada virtual”, declaran en conjunto.

El streaming chamamecero se emitirá desde La Tornería Espacio Cultural, ubicado en el corazón de la zona sur de la ciudad de Rosario. Y podrán verlo a través del Instagram y Facebook de Homero Chiavarino y desde el Facebook de La Tornería.

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