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Revelaciones de invierno

La frase suena y se repite luego de la desazón electoral de varios analistas políticos que lo reafirman cada vez con más fuerza: “La Argentina es un país donde, si te vas de viaje veinte días, al volver cambió todo, y si te vas de viaje veinte años, al volver no cambió nada”. Algunos se la atribuyen, otros dicen que es anónima, pero lo cierto es que cada tanto la escuchamos y es oportuno desmitificarla. ¿Qué veinte años? Si alguien se fue en 1975 y volvió en 1995, al regresar, poco quedaba de ese país industrial, con escasa deuda externa, pobreza del 5 por ciento de la población y con un reparto de la riqueza que beneficiaba más a los trabajadores que a la clase empresaria. Claro que era un país con problemas, que debía pacificar a sectores antagónicos de la sociedad y estaba profundamente contaminado por la injerencia geopolítica norteamericana la cual jugaba con las frágiles democracias latinoamericanas subsumidas por el Plan Cóndor.

La idea no es hacer un revisionismo histórico, sino desbaratar una de las tantas expresiones que se sueltan en el bar, en la mesa de directivos influyentes y por supuesto en las redacciones periodísticas para luego ser refrendadas, por ejemplo, en las redes sociales. Quizás eso que se conoce como eslogan y que tanto sirvió en los últimos años para construir candidatos y agrupaciones políticas empieza a perder efecto en la realidad nacional. La conmoción que sufrió la alianza Juntos por el Cambio luego de las elecciones primarias también fue asestada para gran parte de las encuestadoras, periodistas y referentes empresarios que envalentonados con el recuerdo de la remontada del año 2015 creían que se estaba cerca de un triunfo del oficialismo en un hipotético balotaje. Lo cierto es que nada de eso pasó y la gran diferencia a favor de Alberto Fernández hizo recular a muchos petulantes defensores del modelo macrista que ahora ven al ganador de las Paso como un dialoguista empedernido.

Pero lo destacable del resultado es también el fin del efectismo de la consigna vacía: “íbamos a ser Venezuela”, “se robaron dos PBI”, “los últimos setenta años de decadencia”, “sí se puede” y un sinfín de frases contagiosas que sí podrían acompañar como lema a un modelo de crecimiento que demuestre resultados colectivos e individuales pero que terminaron siendo estériles ante la hecatombe económica que desencadenó el gobierno de Mauricio Macri.

Quizás el último manotazo de ahogado del presidente culpando al votante por la disparada del dólar fue el súmmum de la doctrina del eslogan y, lejos de ser provechoso para el gobierno, terminó de sepultar sus chances electorales y sobre todo dinamitó su credibilidad.

Los perdones posteriores, los cambios de tono y las medidas de emergencia son, por ahora, un intento de enmendar lo que con bonitas oraciones (que sonaban como estribillos) sostuvieron durante más de tres años. En esta nueva etapa los congelamientos de precios ya no son populistas sino necesarios y la heterodoxia económica es formalizada en el gabinete con Hernán Lacunza como ministro de Hacienda. Resta saber si a estas revelaciones de invierno le seguirá otro capítulo o si finalmente la primavera de los acuerdos básicos llegará para una transición ordenada de la tan vilipendiada democracia argentina. Tal vez por seguir alimentando el imaginario popular con el repiquetear de una nueva frase célebre, algunos dirigentes se contenten con la autoprofecía cumplida. Aunque quedó demostrado que de poco sirve, e inclusive, puede llegar a ser la estocada final.

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