Política | Elecciones 2019

Pequeño salto electoral

Se va acercando agosto y muchos se preguntan en dónde se define la primera contienda electoral a nivel nacional. Para algunos en los medios de comunicación, para otros en las charlas familiares o en las del bar y para una gran mayoría todo se salda en la calle, lugar con límites difusos pero con realidades presentes. El interrogante para los analistas políticos sigue siendo si un zócalo de TV es más fuerte que una línea de producción ociosa o si un comunicador rabioso es más convincente que una persiana baja, pero las respuestas todavía no aparecen y las encuestas son un bálsamo que sólo sirven para quien las pide.

Inflación interanual de casi el 56%, pérdida notoria del poder adquisitivo, industria que lleva más de un año en caída, obra pública a la baja (con una conformación excesivamente unitaria), desocupación en ascenso, inversiones que no llegan y una catarata de datos económicos negativos son razones suficientes para creer que estamos ante un escenario de cambio en la opción de los electores para definir el próximo presidente. Pero en Argentina nada es lineal, hay fuerzas exógenas y endógenas que alteran cualquier pronóstico y alejan la previsibilidad como destino ya que no estamos solos jugando el partido: la geopolítica, la élite mediática y de empresarios, sin olvidar a gran parte del poder judicial, son grandes jugadores en esta disputa de poder que se viene y en la cual estamos todos corriendo por la cancha sin saber bien dónde queda el arco.

El local es claramente el gobierno nacional, el cual despilfarró gran parte de su caudal electoral ante el evidente fracaso de la gestión económica pero que intenta seguir un libreto triunfante ante las felicitaciones de presidentes de países centrales y los organismos internacionales de crédito. Estos gestos no palpables para la ciudadanía pero mostrados como el preámbulo de un futuro prodigioso son los principales laureles de un presidente muy acostumbrado a las alfombras rojas pero muy poco al “fango” de la historia. Tierra y agua que queda para el laburante de a pie, cansado de las promesas incumplidas pero tristemente acostumbrado a que se embarren sus ilusiones.

Mientras tanto, la polarización se arraiga como forma natural de salida. Así como en el 2015 fue Macri ahora son los Fernández quienes pueden lograr el ansiado cambio, pero con la desventaja (o ventaja para un considerable porcentaje de la población) de no ser una novedad al gobierno. Las tiernas mieles gubernamentales que acompañan a cada gestión en los primeros días serán más pegajosas que dulces y es por ello que lo fundamental en esta campaña será mostrar qué se hará en un comienzo furioso del 2020, con vencimientos apremiantes de una deuda impagable ante el escaso margen de maniobra político/económica. Los indecisos probablemente estén aguardando ese dato para definir su voto, quizás esta vez no sea el odio ni la eterna esperanza los participantes clave y quien asegure sin estridencias un bienestar sustentable a mediano plazo sea el ganador de la partida. Después de soportar tantas bajas es preferible no dar un pequeño salto mortal.

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