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Néstor Kirchner, o el predominio de la política

La llegada de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003, fue sin dudas un parteaguas en la historia argentina. Presidente muy esperado y, a la vez, inesperado, significó una esperanza para muchos argentinos, que luego se convirtió en realidad y, más tarde, en movimiento político.

Me sumé a la lucha política con convicciones que no pienso dejar en la puerta de la Casa Rosada.

Así arrancó. Tremenda frase.

La historia de la política argentina y mundial está atravesada por momentos críticos en los que el desenlace sorprende, para bien o para mal. Nuestro país había tenido en diciembre de 2001 la mayor crisis de su historia, se venía recuperando muy lentamente, el pueblo seguía en las calles. El rumbo que tomaría esta nueva etapa era aún muy incierto, de final abierto. ¿Retornaría el peronismo al poder con un nuevo rostro, con el tradicional, con el de los años noventa? ¿O llegaría una nueva etapa de gobiernos no peronistas (o antiperonistas)? ¿O surgiría algo nuevo?.

El final es sabido. Llegó al gobierno un flaco desgarbado del sur, muy poco conocido para la mayoría de los votantes, electo tres veces gobernador de su provincia patagónica, esposo de la senadora peronista díscola (más conocida que él) y de atractivo discurso en la Cámara Alta. Llegó de la mano de Eduardo Duhalde, el único político del momento con poder acumulado. Se decía que era su delfín, y que iba a ser su “chirolita”. Con habilidad y audacia se despegó rápidamente, lanzó la “transversalidad” para construir poder propio, y en 2005 se quedó con el peronismo bonaerense a partir de aquel memorable y aplastante triunfo de Cristina sobre Chiche Duhalde. Dejó atrás la debilidad inicial del 22 % y a fuerza de gestión asentada en sus convicciones y habilidad política le agregó a su frágil legitimidad de origen una potente legitimidad de ejercicio.

¿Por qué y cómo lo logró?

Fundamentalmente, y más allá de todos los factores que explican su éxito, emerge uno que es la base, la estructura sobre la cual se asientan todos los otros: recuperó “la política”, o el predominio de la política sobre la economía. Se venía del fracaso estrepitoso de De la Rúa, y de la fractura social ocasionada por las reformas regresivas de Menem, que había subordinado la política a la economía (neoliberal). Néstor Kirchner, con audacia, restituyó rápidamente la autoridad presidencial con dos o tres leyes y gestos muy fuertes y simbólicos: renovó la Corte Suprema de Justicia, la de la “mayoría automática menemista”; dejó atrás la “obediencia debida” y el “punto final” con apoyo del Parlamento, iniciando una política de Derechos Humanos ejemplo en todo el mundo; puso fin a las intromisiones del FMI y le marcó la cancha a los dueños de las empresas privatizadas, diciéndoles: “los muertos no pagan”. Verdaderas medidas de soberanía política e independencia económica en un marco de institucionalidad democrática y republicana.

La lista de políticas públicas exitosas (porque le mejoraron en concreto la vida a la gente) es muy larga, todas con un denominador común: se construyeron a partir de recuperar el rol central del Estado. Sólo algunas, a modo de ejemplo: cancelación de la deuda externa con el FMI; repatriación de científicos argentinos (más de mil) y jerarquización del rol de la ciencia a través del CONICET; recuperación del poder adquisitivo del salario a partir de la discusión trabajadores-empresarios en Paritarias libres (el Ministro de Trabajo Carlos Tomada tiene un récord difícil de igualar: doce años seguidos como ministro); creación de millones de nuevos puestos de trabajo con una política de promoción industrial asentada en la recuperación del mercado interno. Todas estas medidas, entrelazadas y concurrentes hacia el objetivo central de reparación social, no fueron aplicadas sin resistencias por parte de los sectores más conservadores. Frente a ello, la acumulación política con participación popular fue central (más allá de internas y contradicciones), consistente en reforzar la alianza estratégica con sindicatos y movimientos sociales; además, por supuesto, de conducir de hecho al movimiento peronista y lograr mayorías parlamentarias.

“Hoy su cara está en todas las remeras…” (canta la Bersuit). Es muy difícil conseguir eso, formar parte de la iconografía popular, que sus caras (las de Néstor y Cristina) se lleven en la piel. Los años noventa habían marcado a toda una generación, con una hegemonía cultural que planteaba a la política como mera “administración” ejercida exclusivamente por “técnicos”. Néstor Kirchner primero, y Cristina después, pusieron nuevamente en el centro de la escena a la política en el mejor de los sentidos, entendida como herramienta de transformación. La única herramienta de transformación que tienen las clases populares, para defender sus intereses y luchar por nuevos derechos. Hoy, algunos quieren volver a plantear que todos los políticos son iguales y que la política no sirve, como si se estuviera nuevamente en 2001. El décimo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner vuelve a poner en escena la vitalidad de un proyecto político que logró enamorar a miles de jóvenes y no tan jóvenes, porque fue más allá del pragmatismo desideologizado al que lo alentaban y ejerció el poder a partir de sostener convicciones enraizadas en las mejores tradiciones nacionales y populares. No quiso conformar a todos, no fue neutral. Ahí radica su fortaleza. Por eso mismo lo quieren eliminar. No pueden, como al peronismo, del que ya es parte.

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