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La playa de todos que es de nadie

En tiempos de pandemia, donde el distanciamiento es una de las recomendaciones principales por parte de las autoridades para evitar los contagios, la llegada del calor contradice la norma y convoca a gran parte de la población a salir de su casa. Si bien en los últimos días los números parecen ser alentadores con respecto al pico de circulación de COVID-19, todavía Rosario se encuentra en alerta y muchas de las actividades se encuentran restringidas. Escuelas, clubes y reuniones sociales son algunos de los más recurrentes planteos que se le hacen tanto al gobierno provincial como municipal pero que por ahora se encuentran postergados. Mientras tanto, el regreso de la actividad náutica fue la última de las aperturas y evidenció lo que la ciudad eligió desde hace muchos años: vivir el río.

En ese marco, desde la intendencia rosarina se anticiparon y coordinaron cortes de calles en la zona de la Rambla Catalunya para evitar aglomeraciones. Si bien la única franja del río disponible para el chapuzón todavía no está habilitada, de facto gran parte de los bañistas se acercaron al norte rosarino e intentaron refrescar las temperaturas elevadas de la primavera. Pero la preocupación sigue latente en varios funcionarios, el espacio costero es ínfimo para la cantidad de habitantes que cobija Rosario y más teniendo en cuenta un verano diferente: sin viajes y más gasolero.

Lo cierto es que teniendo en cuenta los casi 20 kilómetros de costa que posee la ciudad sobre la vera del Paraná, los poco más de 600 metros de playa que ofrecen los balnearios de la zona norte parecen escasos para semejante metrópoli y no debería sorprender situaciones de hacinamiento más que de distanciamiento social. Es por eso que llama la atención la decisión del municipio de abandonar a su suerte a la playa natural y de uso público ubicada en la zona del acuario. El Estado retomó el control de los casi 300 metros de costa en el año 2017 y, más allá de los anuncios, la decisión fue postergar el reacondicionamiento y la apertura para otro momento.

Lo paradójico fue lo acontecido en los últimos días donde, a raíz de la prolongada bajante y el sedimento natural del lugar, el bosque nativo formado en el último año fue arrasado por una topadora por decisión del Sindicato de Trabajadores Municipales. Los ambientalistas pusieron el grito en el cielo y acto seguido el gremio borró la publicación donde se vanagloriaba de “desmalezar” lo que en realidad eran especies autóctonas formadas por el humedal.

Según versiones, la determinación de arrancar de cuajo con máquinas a todo árbol o arbusto que esté en el lugar surgió por un deseo ornamental del mismo sindicato. Es que los sauces, alisos y diversas plantas que decoraban el lugar entorpecerían la vista al río de los futuros visitantes del camping gremial y al parecer eso no se negocia. Claro que desde hace 3 años la posesión pertenece a la Municipalidad y aparentemente las topadoras también. No obstante, hasta ahora nadie se hizo cargo del desmonte ni de explicar porqué no hubo un plan de conservación o de trasplante de las especies.

Sin embargo las especulaciones siguen, mencionan intereses particulares poco claros aprovechando la desidia estatal. Aunque hay un par de certezas: más de un millón de rosarinos se tendrán que seguir acostumbrando al humo de las islas y también a los míseros 600 metros de playa que supimos conseguir.

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