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La noche en la que el kirchnerismo sepultó la confrontación

Sin banderas de la militancia tapando el escenario y con un enorme racimo celeste y blanco alrededor del Monumento. Sin discursos crispados y con voces afables y conciliadoras. Sin divisiones internas y hasta con un exultante Sergio Massa abrazado a Axel Kicilof. En Rosario, el kirchnerismo borró definitivamente la palabra crispación de su diccionario.

Cristina habla y debajo suyo no está la militancia. No está la bandera de La Cámpora. No hay pecheras azules ni camisetas propias que se diferencian unas con otras. Tampoco está el enorme telón del Movimiento Evita, ni se ven las letras de la Juventud Peronista. En primera fila, a diferencia de los ocho actos que presidió en el Monumento a la Bandera siendo presidenta, están los ciudadanos de a pie, la ama de casa que no para de llorar de la emoción, el estudiante que entona con fuerza "patria sí, colonia no" y el comerciante que aplaude a rabiar cuando escucha que hay un futuro posible para la rueda virtuosa de la industria, la producción y el consumo.

La foto tomada desde el escenario tiene otro rasgo atípico de la liturgia kirchnerista: el racimo de banderas argentinas flameando sobre la multitud. La insignia patria quedó en los últimos años en la órbita de la derecha. En Rosario, Cristina y Alberto Fernández recuperaron los colores celeste y blanco. Pidieron que le gente se acerque únicamente con esos dos colores. La orden fue clara: banderas argentinas delante; banderas de la militancia, detrás o a los costados.

Detrás de esa simple decisión, el peronismo del 2019, con los Fernández a la cabeza, sacó a relucir su nueva cara, la que viene construyendo desde oficializó su fórmula presidencial. Sepultó definitivamente la confrontación, uno de los principales rasgos políticos de las dos presidencias de Cristina. La paradoja no deja de ser llamativa: el ceño fruncido, los agravios y la crispación quedaron por estos días del lado de Cambiemos; las risas y la esperanza, en las filas del Frente para Todos. Lo opuesto a la campaña electoral del 2015.

El nuevo ADN quedó reflejado también en los discursos. "Noooo, están esperando esto para seguir dividiendo a los argentinos. No le demos el gusto", pidió Cristina cuando la multitud empezó a insultar el presidente Mauricio Macri. "Les pido que no peleen. Que hablen mucho, vecino a vecino", dijo en otro pasaje sobre la necesidad de persuadir a los indecisos. Y remató: "Quiero que los Argentinos vuelvan a ser felices, que dejemos atrás esto tan feo que estamos viviendo".

A su turno, Alberto Fernández profundizó el tono conciliador. Dijo que su compromiso es "hacer las cosas de otro modo con Cristina" y que en estos meses "recuperaron el afecto como amigos". "La política nos había distanciado, como a tantos otros argentinos", reconoció, para luego lanzar una de las frases más fuertes de la noche: "Nunca más me voy a pelear con Cristina".

El acto terminó con otra postal impensada tiempo atrás, con otro gesto de amplitud y convivencia: un exultante Sergio Massa --hasta hace poco acérrimo opositor-- abrazado a Axel Kicilof, uno de los kirchneristas más puros. Ese abrazo, al cabo, confirmó que para el nuevo peronismo la confrontación y la crispación son atributos del pasado.

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