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¿Dónde va la gente cuando vuelve?

Luego de la confirmación de Alberto Fernández como presidente electo de los argentinos son varias las aristas a analizar: desde nuestra provincia, la notable remontada oficialista que le permitió ganar un territorio que parecía perdido a raíz de los resultados de las elecciones primarias de agosto. Santa Fe sufrió en estos años gran parte del cierre de pymes que afectó principalmente al entramado industrial, reflejado en el número creciente de desocupación y de pobreza. Pero finalmente los santafesinos no castigaron la mala gestión de Cambiemos y las hipótesis son diversas. Desde algunos sectores (que pasarán a ser oposición desde diciembre en el ejecutivo provincial) aducen que el poco acompañamiento del gobernador electo en la campaña fue el principal motivo de la derrota. Este argumento puede ser puesto en duda ante la nula participación de Omar Perotti en la conformación de listas a diputados nacionales, advirtiendo que parte del acuerdo político partidario se consolidó justamente por el corrimiento del rafaelino. Además, se puede entender el intento del Frente Progresista de socavar el pacto peronista ante la necesidad de esos votos para los próximos años.

Si bien la tercera vía era la respuesta más elegante para muchos políticos de peso, hasta el más distraído sabía que la elección se definía entre dos frentes. La disyuntiva llegó a sectores del oficialismo provincial, donde funcionarios de la talla de la ministra Claudia Balagué adscribieron a la fórmula del Frente de Todos, sin embargo fueron excepciones que se observaron no sólo en los dirigentes sino también en los votantes. ¿Dónde fue esta gente? A vista de los resultados, es notorio cómo un gran caudal del voto socialista-radical santafesino optó por la lista que encabezó Mauricio Macri. Como dato, el socialista Roy Cortina integró la lista de Juntos por el Cambio en la ciudad de Buenos Aires. Rarezas de los partidos y las alianzas, que ya no son exclusivas de los saltimbanquis del PJ y la UCR. Aunque en las charlas de café, los reformistas vernáculos reniegan de simpatías con los globos amarillos, saben que su electorado histórico comparte bases antiperonistas como premisa y por ello las zonas más acomodadas apostaron a esperar la tan postergada revolución de la alegría.

La apuesta no será fácil, los meses venideros avizoran un tembladeral económico que deberá ser enfrentado desde el Poder Ejecutivo pero que seguramente será padecido por todos

Dentro de las posibles explicaciones a estos fenómenos electorales y sociales se manifiestan como siempre las inacabables pasiones. Los anti están y los leales también. La grieta llegó para quedarse por un tiempo, y las responsabilidades para ampliarlas son desde ya políticas y por qué no mediáticas. Seguramente el gobierno de los Fernández puede hacer mucho para disiparla, inclusive será un punto ineludible para la gobernabilidad y pensar en el recambio legislativo del 2021. Todavía hay una parte del electorado que no es fiel a nadie y que espera con ansias votar con conformidad más que con odio.

La apuesta no será fácil, los meses venideros avizoran un tembladeral económico que deberá ser enfrentado desde el Poder Ejecutivo pero que seguramente será padecido por todos. El frenesí desatado desde algunos agitadores virtuales, ante los resultados del pasado domingo, no debe desconocer de la situación que vive el país. La foto armoniosa del presidente entrante y saliente deberá ser un ejemplo a seguir en la calle, en los medios y en las redes. Que las convicciones sigan pero que el delirio frene, aceptarlo o festejarlo. El peronismo vuelve.

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