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Controles sin Cura

Luego de grandes debates entre los integrantes del Ejecutivo provincial, intendentes, asesores médicos y miembros del Gobierno Nacional finalmente pocas actividades son las que se flexibilizaron en esta nueva etapa de la cuarentena hasta el 25 de octubre. Si bien son más que comprensibles los motivos de las restricciones, las versiones previas de aperturas en sectores como el de la navegación recreativa generó falsas expectativas en una gran cantidad de ciudadanos que daban por seguro un permiso que fue denegado.

Santa Fe se mantiene en alerta a raíz del nivel de positividad en los testeos, un sistema sanitario al borde del colapso y un número de casos que no baja desde hace varias semanas. El sur de la provincia es la región más afectada y Rosario acuna la bandera del COVID-19 bien en alza. En ese marco, y mientras una gran cantidad de actividades se mantienen prohibidas, los ojos se posaron en el actuar de los funcionarios e inspectores de control que deben asegurar el cumplimiento estricto de los desplazamientos autorizados y las labores permitidas.

Pero el comienzo del fin de semana largo evidenció que el pedido de responsabilidad individual y la voz de mando de los agentes que deben hacer cumplir los protocolos estuvo lejos de ser una realidad. Un emblema de esto fue el descontrol exhibido en la zona del balneario La Florida, donde cientos de pibas y pibes (sin barbijo ni distanciamiento) se mostraban agrupados bebiendo vino, cervezas y otras yerbas. Escena que se repitió durante las tardes de calor, con escasa inspección y nulo efecto disuasorio. Paradojas de las decisiones, donde las mismas autoridades que negaron la posibilidad de cruzar el río (por no poder controlar la otra orilla), no registraron el acopio de juventud que se diseminó en la propia costa.

Aunque la frutilla del postre (y la cima de la indignación) fue el evento organizado en el reconocido salón de fiestas Posta 36. En realidad fueron 3 noches de música electrónica, auspiciado por la empresa gastronómica Martha Cura y gestionado por los bolicheros rosarinos que están a cargo de Wallas. Si bien el argumento de los empresarios y las autoridades municipales fue que esta apertura se dio en el marco dela reconversión de este espacio como bar, lo llamativo fue el cobro de la “tarjeta” previa para poder ingresar. Algunos presentes mencionaron que $1700 era el monto para poder ingresar, tener bebida, comida y todo lo propio de una fiesta... pero como bar.

Versiones hablan de internas entre los titulares de los salones de fiestas y resentimientos en el sector como causantes del escrache en redes que padecieron los desarrolladores del coqueto salón de la zona norte. Miles de videos y fotos se viralizaron de lo que pasaba dentro del evento y algunos otros de los vecinos irritados con las luces y sonidos que se emitían desde el lugar. Las lenguas más filosas mencionan que ciertos funcionarios públicos habrían estado disfrutando del convite, aprovechando la baratura de la entrada. Aunque por las imágenes sólo se pudo observar que trabajadores de la Guardia Urbana estuvieron pero custodiando las puertas del lugar.

También surgieron dudas de lo qué pasará en los próximos días con el efecto dominó. La discrepancia causada por el evento nivel ABC1 generó que muchos pidan la apertura masiva de cantinas, salones y espacios más modestos con los mismo beneficios que tuvieron los reconvertidos empresarios. Mientras esto sucede los casos de coronavirus siguen en aumento, como el fastidio de los ciudadanos que cumplen las medidas sanitarias y los sectores que quedaron afuera de las aperturas. La realidad marca que para poder volver a festejar habrá que esperar algún tiempo más o, si el bolsillo lo permite, pagar una exclusiva entrada anticipada.

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