Política | Puerto Norte | Fuera de los bulevares | Desigualdad en Rosario

Como mata Puerto Norte

Cada crisis que padecemos los argentinos tiene sus particularidades y cada ciudad la vive de forma especial. En los recuerdos de aquel triste 2001, los rosarinos tuvimos el paliativo que destacó a las gestiones socialistas de las primeras épocas: salud, espacios públicos y el cuidado de la primera infancia como forma de encarar problemáticas emergentes de un país que había optado por ser parte del patio trasero del mundo. Ante la debacle del comienzo del milenio, medidas como fortalecer el gasto social y mantener el precio del transporte urbano, a pesar de la devaluación, fueron fundamentales para apuntalar la cohesión de una sociedad cada vez más desintegrada.

El tiempo pasó, el país creció al ritmo del precio de sus materias primas y las políticas públicas de Rosario se encontraron con un boom sojero en ciernes que permitían pensar a una metrópoli integrada de cara al río. Claro que también empezó parte del problema: la desigualdad se exhibió de manera obscena y no sólo desde el punto de vista económico sino urbanístico.

Espacios costeros pulcros, cuidados y seguros contrastaron cada vez con más frecuencia con la mayoría de los barrios de la ciudad, los cuales quedaron librados a la suerte de ser o no buscados como un posible espacio de atracción inmobiliaria. En ese marco, los ciudadanos pasaron a ser de primera o de segunda y esta condición ahora estaba dada al dar su domicilio. Estar cerca o lejos de las articulaciones público-privadas se asemejaron al vallado de un country pero en plena urbe.

Posiblemente haya excepciones como en toda regla (así como los constructores las piden para levantar unos pisos de más en lugares prohibidos), pero en los últimos años la fragmentación urbana ha creado barreras simbólicas que impiden la apropiación de espacios que son públicos pero que los terminan disfrutando tan sólo una parte de la población. Los que viven lejos de los lugares privilegiados en algunos casos ni saben que existen y los notificados tendrán que tomarse un colectivo (cada vez más caro) para llegar a ellos.

Los "vientos de cambio" a nivel municipal quizás tomen esta premisa como un desafío: volver a la cohesión social. La maraña de cables ilegales en el cielo, las zanjas que emanan olor nauseabundo, las calles de tierra, veredas rotas y un sinfín de padecimientos que viven los vecinos clase B (de barrio) no tienen relación alguna con la ciudad ribereña que ostenta paseos, iluminación, rampas accesibles y hasta la privatización de la seguridad pública.

la crítica de prestigiosos urbanistas debería ser escuchada para entender que las barreras simbólicas se pueden transformar en violencia si no actuamos a tiempo

En vísperas de otra gran crisis nacional, la crítica de prestigiosos urbanistas debería ser escuchada para entender que las barreras simbólicas se pueden transformar en violencia si no actuamos a tiempo. Esperemos que otra vez Rosario levante la bandera de la igualdad y no de saber como mata Puerto Norte.

Dejá tu comentario