Sotto Voce | Hablando Bajo |

Carmel de COVID-19

Desde hace varias semanas en las redacciones periodísticas, redes sociales, bares e infinidad de lugares se debate sobre uno de los crímenes más conmocionantes de la historia reciente argentina: el de María Marta García Belsunce. La miniserie emitida por la plataforma Netflix revivió el caso en los medios de comunicación y el morbo que suscitó hace 18 años vuelve a estar presente.

Uno de los velos que corrió ese acontecimiento fue el de conocer la forma de vida de las personas que habitaban los barrios privados cercanos a Capital Federal. Estos lugares paradisíacos, construidos en la efervescencia menemista, eran predios desconocidos para gran parte de la sociedad. Los helicópteros que sobrevolaban la zona de Pilar, para mostrar las exuberante casa de los Carrascosa, permitieron desnudar aún más las desigualdades sociales que se evidenciaron obscenamente en el crudo 2002 de hecatombe argentina.

Pero también el caso García Belsunce exhibió la impunidad y el desparpajo de la clase alta para manejarse por fuera de la ley, adulterando certificados de defunción o evitando allanamientos como parte de una acción simple y casi cotidiana. La paradoja del crimen de María Marta fue que esa facilidad para alterar el actuar de la justicia terminó siendo, en el caso de creer en la inocencia de su esposo y su familia, la principal sospecha para el fiscal y para gran parte de la sociedad que siguen señalando a su círculo íntimo como culpable del homicidio de la socióloga.

Sin embargo, en los countries de nuestra región al parecer no se está muy lejos de ese actuar displicente con las normas. Aunque los hechos que trascendieron no serían tan graves como el encubrimiento de un asesinato, pero sí el de manejarse por fuera de las exigencias que tenemos el resto de los mortales. Según versiones, en el último tiempo hubo reuniones de “consorcio” en varios barrios privados de Rosario y zona. Las citas fueron para notificarle a los habitantes de los lujosos claustros que en los espacios comunes, como dentro de las casas particulares, la reuniones afectivas y fiestas se podrían realizar pero con un innovador reglamento que les permitiría la flexibilidad dentro de las restricciones. Es decir, aprovechar que los predios son privados para hacer lo que no se puede hacer afuera y con los privilegios de pertenecer a un espacio y una clase que tiene ley propia del otro lado de la garita de seguridad.

El pedido es simple para los glamorosos vecinos: sin fotos, sin videos, sin difundirlo y sin escraches a pesar de los recelos internos. En definitiva, entre fantasmas no hay que pisarse las sábanas y la cuarentena será con fiesta e invitados. Algunas voces advierten la incomodidad de determinados dirigentes que, a la vez que legislan o modifican ordenanzas para prevenir el coronavirus, disfrutan de las libertades privilegiadas de los barrios cerrados en los que habitan. Parece que la inseguridad pegó fuerte y no son pocos los políticos que optaron por vivir encerrados aunque con un agradable confinamiento. Como ya hemos dicho por aquí: “hay otra vida, pero es más cara”.

Dejá tu comentario