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Bubis Vayins contagió con su música

La banda local Bubis Vayins dio un show vía streaming desde el D7. Esta es la modalidad instalada en Rosario, adecuada en épocas de cuarentena preventiva y obligatoria. ¿Cómo es tocar para una pantalla que no aplaude ni vitorea?

Son las 23h de un viernes de algún mes en el año 2018. Calle Montevideo casi llegando a Paraguay está lleno de pibes y pibas, esperando por entrar al bar Estación Montevideo a ver las bandas que tocaran esa noche. Entre la grilla está Bubis Vayins. Son las 24h y las puertas siguen cerradas, con la gente afuera. A la 1:30, se abre. Entramos y el lugar huele a humedad y alcohol. Se habla a los gritos, se compran cosas en la feria, se intercambian opiniones, se saluda con abrazos, se celebran las canciones que se escuchan en la música funcional. Bubis Vayins sube al escenario y todo lo que se conocía de su primer disco, en las tablas se potencia mucho más. Visceral, es la palabra que más se acerca a lo que se ve y se siente.

Son las 22:45 del viernes 26 de junio del año 2020. Los anteojos se empañan por el barbijo negro de algodón. En el taxi hay un frío penetrante y seco, más molesto que frio. El asiento trasero está separado de los delanteros por una cortina de plástico gruesa, agujereada en el centro con forma de cuadrado, por donde se debe intercambiar el dinero correspondiente a lo que sale el viaje desde Dorrego y 3 de febrero hasta Ovidio Lagos 790, casi esquina Córdoba. Afuera, en la calle, no hay nadie. En la puerta de D7 tampoco. De todos modos, allí en pocos minutos habrá un recital.

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Adentro, huele seco y a nada parecido al alcohol. Solo se encuentran en el salón trece personas, entre el staff del lugar, la técnica y la banda, que son cinco. Toca Bubis Vayins. Están todxs en una mesa, tomando agua, con mucho frío, y expectantes por lo que pueda suceder. Hace seis meses que no tocan, y pocos días que se juntaron a ensayar nuevamente. No tienen idea de cómo será hacerlo sin gente entregada al fuego repentino que transforma los cuerpos cuando se escucha música en directo. Esos cuerpos delante del escenario, que a veces bailan solos, que a veces se empujan, o saltan, o reaccionan como sea con las canciones, no van a estar en el mismo lugar. Hay preparado justo en frente del escenario un monitor donde una productora le escribirá todo lo que su público le transmitirá escribiendo en el chat. Insólito, pero así es. Literalmente las emociones le llegan a la banda por escrito.

Se suben unos minutos antes de arrancar y repasan tres veces una canción nueva que internamente llaman youtube. Esta vez, tocan puntual. Así está establecido el vínculo pantalla/público. “Abrí audio” grita el sonidista. Como efecto dominó el director de cámaras dice inmediatamente “ahí ya se ven ustedes, cuando quieran”. Comienza el show. Lo que siente el cuerpo, después de meses sin estar frente a una banda es impresionante. Los músculos tienen memoria emotiva, y fisiológica. Se desprenden, como en la transformación de Banner en Hulk. Como de humanos convencionales, a zombies.

En el monitor dice que se presenten. Entonces ahí pasa lo que está más cerca de la materialización del público. Cuando Maru (guitarra y voz) pregunta que están haciendo del otro lado, y automáticamente la gente empieza a contestar. En el lugar no hay feria. No hay voces fuertes. No hay abrazos. No hay vasos compartidos. No hay música funcional que celebrar o debatir. Hay alcohol, pero en gel, para las manos. También, en la entrada, los pies se depositan en un paño con lavandina. Es parte del protocolo, también anotar los datos personales en una planilla: nombre, apellido, horario de entrada al recinto y teléfono. ¿Cómo hace una banda para transmitir algo en este contexto? Hasta deben tener temor de transpirar demasiado y que las gotas atraviesen la pantalla.

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Van por la cuarta canción y las pibas de las cámaras levantan las manos y agitan. Los de la cocina (el espacio se sostiene con delivery) mientras comandan las pizzas cogotean y cuál dibujito animado la mandíbula desprendida casi impacta contra el piso. No paran de llegar mensajes. Hay uno que dice que están haciendo pogo solo en la casa y otro que declara ‘nada puede salir mal’. En eso Nineo (voz y guitarra) habla. Dice que tiene la fantasía de que su abuela lo esté viendo, porque la extraña, no la ve hace mucho, y nunca lo vio tocar. Pero que no le dedica el tema que sigue, “porque es muy depre”. En esa canción depre, Nineo es poseído cuando interpreta. Que lo posee, no se sabe. Pero no es él. Los ojos están en trance, el cuerpo no responde por sí solo. Y grita “duermen, todos duermen, y yo, nada. Nada”. Se quiebra, y llora. Todas las personas pudieron ver eso. Pero Nineo lo que vio fue el monitor que lo sacó del trance. Vio el monitor y lloró cuando, hipnotizado, leyó “dice tu abuela que te está viendo”. La sociabilización logró despertarlo. Como a los cuerpos cuando comenzó el show.

Acá, en el lugar, la persona más cerca está a dos metros. Ni siquiera puede ver si hago la seña del ancho de espadas. Pero ahí, en el escenario, hay una banda desgarrándose de amor. Las redes sociales y el wasap dicen que lo mismo que pasó por el cuerpo de trece personas presenciales, se replicó entre las que lo vieron desde sus casas. Lo lograron. Aún con todos los protocolos a cuestas, Bubis Vayins logró contagiar.

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